Enfermar la Infancia (por la Lic. Gabriela Dueñas)
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ENFERMAR LA INFANCIA
Advierten exceso de medicación en niños
Este artículo apareció originalmente en.
“El 1”. Publicación semanal de la
Universidad Nacional de la Matanza.
República Argentina, el 23 de noviembre de 2009.
Profesionales del área de salud mental infantil denuncian una creciente tendencia a formular diagnósticos lineales que asocian problemas de conducta con trastornos de base orgánica. La consecuencia es que miles de niños y adolescentes ingieren medicamentos innecesarios que ocultan el verdadero problema.
Por Natacha Misiak
“Son chicos difíciles”: difíciles de entender, difíciles de criar, difíciles de educar. Es lo que dicen los padres (y algunas escuelas) cuando la conducta de los niños y adolescentes -nacidos en un mundo posmoderno cuya dinámica muchos adultos aun no entienden- les resulta indomable.
En Argentina, como en buena parte del mundo, a esta transformación social se le suman otros dos ingredientes: la desestructuración familiar y la existencia de miles de hogares sumidos en condiciones de vulnerabilidad.
El resultado es que, en los últimos tiempos, un “aluvión” de chicos de todas las clases sociales invadieron los consultorios psicológicos. Este fenómeno se verifica en la Ciudad de Buenos Aires, donde, desde la Dirección de Salud Mental, advirtieron que, en los últimos cinco años, la demanda creció en forma alarmante. En La Matanza, en tanto, de las 7.800 prestaciones que ofrece, anualmente, el centro psicológico y psiquiátrico público Dr. Mario Timinetzky, la mitad corresponde al área infanto-juvenil.
“NIÑOS O SÍNDROMES”
Este fue el título del II Simposio sobre la Patologización de la Infancia que se realizó, en septiembre pasado, para denunciar una preocupante tendencia que tiene lugar en medio del aumento de las consultas protagonizadas por los más chicos. Se trata de la prescripción indiscriminada, a niños y adolescentes, de medicamentos psicotrópicos que pretenden solucionar alteraciones en la conducta a través de modificaciones en la composición química del cerebro.
El problema es que, desde hace ya un tiempo, en la comunidad terapéutica, hay consenso acerca de que la mayoría de los niños a los que se les suministra este tipo de drogas, no las precisa.
Para Gabriela Dueñas, una de las especialistas que organizó el simposio, el problema está en el diagnóstico: “Se etiqueta a los sujetos con siglas provenientes de manuales estadísticos de trastornos mentales. Nosotros no negamos que los chicos, a través de comportamientos poco adaptativos, estén manifestando señales de que puede haber alteraciones en el proceso de estructuración de la subjetividad. A lo que sí nos oponemos es a reducir el diagnóstico de estas dificultades a trastornos clasificados en manuales”.
De acuerdo con la profesional, el caso testigo de este alarmante fenómeno fue el del trastorno del déficit de atención (ADD), bajo al que se rotula a chicos hiperactivos o con dificultades para concentrarse. Pero, en los últimos años, cada vez son más las psicopatologías diagnosticadas a niños y adolescentes.
Entre las más comunes, se encuentran el trastorno generalizado del desarrollo (TGD), el trastorno obsesivo compulsivo (TOC), el trastorno específico del aprendizaje (TEG), la bipolaridad, la depresión y el curioso trastorno oposicional desafiante (TOD), en virtud del cual se estigmatiza como “enfermos” a los niños que se resisten a obedecer reglas, estrategia seguida por los pequeños de todas las épocas para configurar su “yo” y exigir límites por parte de los adultos.
Y aunque pueda sonar a broma, la problemática no es nada graciosa porque, una vez que formulado el diagnóstico, “la enfermedad se abrocha al nombre propio del chico, que pasa a ser ‘Juan, el TGD’ o ‘María, la bipolar’”, según denunció Dueñas.
Asimismo, lo grave del caso es que, muchas veces, ni bien se identifica la supuesta patología, el médico firma una receta que se convierte en un pasaporte directo al infierno. Y no se está hablando de metáforas, porque algunas de estas drogas tienen efectos colaterales mucho más serios que el presunto problema que buscan curar.
El metilfenidato, por ejemplo, prescripto para los casos de ADD y cuyo nombre comercial es Ritalina, produce desde fiebre y pérdida del apetito hasta taquicardia, hipertensión arterial y convulsiones, si la administración es prolongada. Pese a esto, el año pasado, se vendieron 220 mil cajas de esta droga, un 80 por ciento más que en 2006, según el Colegio de Farmacéuticos de Buenos Aires.
DE LA ETIQUETA A LA BIOGRAFÍA
Para Mónica Oliver, psiquiatra infantil del Hospital Alemán, este peligroso “estilo” reduccionista responde a un intento de simplificar lo complejo, homogeneizando las individualidades.
Frente a un chico con ciertos problemas de conducta, “se tipifica y se medica, se olvida que cada problema es particular, que cada historia es distinta y que, por lo tanto, las razones por las que un niño se distrae, está triste o tiene dificultades para aprender también son diferentes, y es necesario indagar en su biografía para conocerlas”, apuntó Oliver y denunció que muchos chicos que reciben medicación “no fueron diagnosticados por especialistas en salud mental”.
Los factores que producen alteraciones en el comportamiento son múltiples. Pueden ser familiares, sociales, vinculares o escolares. Todos ellos se borran de un plumazo cuando se diagnostica, rápidamente, un trastorno atribuido a causas físicas y se prescribe un medicamento para que, mágicamente, desaparezca.
Pero, en lo que a sufrimientos emocionales se refiere, la magia no existe. Por eso, la doctora Oliver aconseja desconfiar de los diagnósticos formulados en base a entrevistas “de un ratito”. Los tratamientos de salud mental pediátrica son largos y, como la crianza, requieren de paciencia, trabajo y esfuerzo.
LA PROBLEMÁTICA ALCANZA A TODOS LOS SECTORES SOCIALES
El estrés también afecta a los más chicos
La patología es, cada vez, más frecuente en niños y jóvenes. En los sectores medios y altos, el origen está en la sobreexigencia y en la elevada valorización del triunfo. En los estratos sociales más bajos, en la incertidumbre.
Un día, a Bautista, comenzó a caérsele el pelo. Otro, Vera entendió, como pudo, que las lesiones en su piel eran por una enfermedad llamada psoriasis. Lo llamativo, en ambos casos, es que los síntomas resultaban inusuales para sus edades: Bautista es un bebé y Vera acaba de cumplir cinco años.
Después de una serie de estudios, los médicos del pequeño no encontraron causas físicas que explicaran el cuadro que presentaba. En cambio, descubrieron que los padres trabajaban muchas horas y que no estaban conformes con dejarlo casi todo el día en la guardería. Fue así que le diagnosticaron estrés.
Lo mismo les dijo el pediatra de Vera a sus jóvenes papás, quienes, separados desde que la nena tenía un año, reconocieron que la relación entre ambos no es la mejor. Fue ese clima tenso el que contribuyó, según el profesional, a que el organismo de la niña desencadenara la psoriasis, una afección asociada a factores psicosomáticos.
Es que el estrés o, más precisamente, el distrés, de acuerdo con la terminología médica, no es un padecimiento exclusivo de los adultos, sino que, cada vez, es más frecuente entre los niños.
De la supervivencia al malestar
Pese a que se lo asocia a algo negativo, el estrés constituye una respuesta fisiológica y emocional que resulta de vital importancia para enfrentar situaciones de elevada exigencia o percibidas como amenazantes.
De hecho, actividades cotidianas como cruzar la calle o rendir un examen, se resuelven a través de este mecanismo. Sin embargo, el estrés, aunque necesario, también puede transformarse en enfermedad. De acuerdo con la psiquiatra infantil Mónica Oliver, autora del libro Estrés en la infancia. Prevención e intervención en pediatría, “el problema aparece cuando este estado se prolonga en el tiempo y es acompañado por un sentimiento de malestar muy elevado que nos hace sentir, continuamente, en riesgo.
Así, la persona está, siempre, generando estrategias para subsistir y no logra encontrar calma y equilibrio”. Ese estado de constante alarma es lo que se conoce como distrés.
En el caso de los más pequeños, Oliver explica que los niños “siempre acompañan emocionalmente lo que viven sus padres”, de manera que, si los grandes están estresados, es muy probable que trasladen ese malestar a sus hijos. En este sentido, las situaciones familiares que pueden desencadenar un sufrimiento emocional en los chicos se diferencian entre los distintos sectores socioeconómicos.
En lo que respecta a la clase media y alta, la vida moderna somete a los adultos a un alto nivel de exigencia, sobre todo, en lo que respecta a lo laboral. “Hoy, son más los casilleros que hay que llenar, incluso desde chiquitos, para tener un currículo adecuado”, apuntó la psiquiatra Leonor Benmuyal, directora del centro de salud mental Dr. Mario Timinetzky.
Por ello, muchos padres sobrecargan a sus hijos de actividades, creyendo que, así, los ayudan a desenvolverse mejor. Entonces, entre colegios de doble jornada, deportes, lenguas extranjeras y talleres de arte, “hay chicos a los que no les queda tiempo para algo elemental: el juego, un factor de protección fundamental en la infancia”, apuntó la doctora.
En la misma línea, su colega Mónica Oliver destacó que “un paradigma de la época es la sobrevaloración del triunfo”.
Por otra parte, privados de todo, los chicos criados en los sectores menos favorecidos no están excluidos del estrés. Pero, en estos casos, la causa es, fundamentalmente, la incertidumbre. “Son niños que, muchas veces, ni siquiera pueden cumplir con los años básicos de escolaridad. Su familia, quizá, está desarmada, el padre está preso o la madre los abandona”, señaló la directora del centro psiquiátrico del Partido. En estos contextos, lo que reina es la falta de certezas.
“Los chicos no saben si van a ir al colegio, si van a comer o si sus padres tendrán trabajo”, agregó Oliver y detalló que “todas estas situaciones impiden a los pequeños estar relajados”.
Aunque, a veces, no se los tenga en cuenta, en el correcto desarrollo de los niños, los factores emocionales son de vital importancia. Por ello, junto al acceso a la salud, a la educación y a la alimentación, es responsabilidad de los adultos garantizarles “la seguridad de que, día a día, todo va a estar bien” explicó la doctora Oliver.
Los niños tienen derecho a ser niños, a estar relajados, tranquilos y a tener tiempo para jugar y divertirse.
SÍNTOMAS A TENER EN CUENTA
Según la psiquiatra Leonor Benmuyal, los padres deben prestar especial atención a la aparición de los siguientes indicios:
- Enuresis: el niño comienza a orinarse en la cama cuando ya controlaba esfínteres.
- Trastornos del sueño: pesadillas, problemas para dormir.
- Ansiedad de separación: dificultades para separarse de los padres, por ejemplo, para ir a la escuela.
- Cambios de comportamiento: agresividad, llanto frecuente, ansiedad.
ENSEÑAR A DESTIEMPO
Por Gabriela Dueñas*
Atribuir cierta dificultad de los chicos a una causa orgánica que se va a resolver con un tratamiento farmacológico supone que los adultos se desligan de su responsabilidad. Esto es lo que ocurre con la escuela, lugar en el que, por lo general, se detecta el famoso y paradigmático trastorno de déficit de atención.
Como si los problemas para concentrarse no tuviesen nada que ver con lo que pasa en las aulas, la escuela, en lugar de reflexionar, se corre del problema y no advierte que los niños de hoy ya no son los mismos que aquellos en los que se pensó cuando se fundó esta institución hace dos siglos.
Tenemos que tomar conciencia de que hay un profundo desencuentro cultural entre lo que propone el sistema educativo modelo siglo XIX y los chicos que asisten a los colegios, que son modelos siglo XXI.
Por ellos, la escuela debe repensarse en todos los órdenes: el clima que generan, los formatos, los recursos. Y, sobre todo, debe replantearse la formación de los docentes, que siguen esperando que lleguen a las aulas alumnos con formas de asimilar la información de hace dos siglos y que no pueden entender que, debido a la crianza en entornos urbanos posmodernos, los niños y adolescentes de hoy tienen formas nuevas de aprender, que no sabemos si son mejores o peores que las de generaciones anteriores, pero que, por el hecho de ser distintas, no estamos autorizados a patologizar.
LA VISIÓN DESDE LOS COLEGIOS DEL PARTIDO DE LA MATANZA
(PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ARGENTINA)
Cuando todo es prioridad, nada lo es
La problemática emocional de los chicos, queda claro, desata debates y apunta, principalmente, a las escuelas.
Sin embargo, en La Matanza, las carencias propias de gran parte del Distrito desplazan a un segundo plano la discusión sobre el tema.
“Acá, los niños sufren mucho la pobreza y vienen de familias que están excluidas; ni siquiera tienen acceso a un médico”, resumió Cecilia Bianchi, maestra de Virrey del Pino. Por este motivo, la parte emocional pierde prioridad y queda relegada.
Los docentes reconocen, en los malestares de los niños, síntomas de la ausencia general de integración y de contención familiar. En este sentido, Juan Romero, profesor en varias instituciones de Laferrere (Provincia de Buenos Aires) , admitió que, “en todos los sectores socioeconómicos, se da el caso de chicos que necesitan atención en diversas áreas”.
Sin embargo, agregó que “muchos padres no pueden ocuparse de sus hijos porque están trabajando o porque no tienen empleo y no poseen recursos económicos para trasladarse a los centros asistenciales”.
Las reglas del sistema
Dentro de la comunidad educativa, algunas autoridades reconocen que muchos maestros, ante la menor desatención, derivan a los niños a un psicólogo o psicopedagogo.
“Cuando los docentes notan indicios de este tipo de problemas, lo correcto es que charlen con los padres y les recomienden consultar a un médico, para que él sea el que decida y diagnostique”, remarcó Laura Toro, vicedirectora de la EPB Nº 140 de Villa Luzuriaga.
El problema es que las dificultades que deben sortear los maestros al frente de las aulas, sumado a la falta de acompañamiento familiar, los lleva, muchas veces, a buscar las soluciones que ofrece el sistema sin evaluar la problemática particular de cada chico.



